Empresa

Perfil de Travis Kalanick: de la gloria a la caída en desgracia de Uber

Travis Kalanick es la mente brillante detrás de Uber, la empresa de transporte colaborativo que ha revolucionado medio mundo y puesto contra las cuerdas al sector del taxi. Pero su vida está plagada de otras luces… y muchas otras sombras.

A lo largo de la historia es relativamente fácil identificar perfiles muy concretos de sus protagonistas habituales. Suele haber héroes, testigos impasibles, víctimas, beneficiados y villanos. Siempre que acontece una revolución, siempre que nos aproximamos a un gran cambio político, económico y, por supuesto, económico, siempre hay un villano.

Y si hablamos de la economía colaborativa y la gran transformación del transporte que vivimos, ese desagradable rol le corresponde a Travis Kalanick.

La figura de Travis Kalanick sobrepasa incluso a la propia persona. Hablamos de alguien que fue capaz de emprender varias startups, de mente más o menos brillante, capaz de ver cuál iba a ser el futuro de nuestra movilidad urbana. Alguien que ha apostado con fuerza por modelos disruptivos de hacer negocios, de acercar la economía productiva a la sociedad en su conjunto. Alguien que vio como ninguno el potencial de los coches autónomos o de la conectividad aplicada al ámbito del tráfico rodado en nuestras ciudades.

Pero si decimos que es un villano es por algo. Y es que Travis Kalanick también es (muy) capaz de usar las peores artes para triunfar en su carrera, ya sea cambiando las condiciones a sus trabajadores hasta rozar la esclavitud moderna, espiando a sus propios usuarios, robando información a sus principales competidores, pasando por alto escándalos de acoso sexual o, directamente, insultando a sus conductores sin más razón que su propio ego.

Uber ficha al jefe legal de Pepsi para dar la cara en sus numerosos juicios

Un perfil con muchas luces y todavía más sombras que es prácticamente inseparable a la historia de Uber, al menos hasta su despido el pasado año. El fundador de la compañía fue incapaz de soportar la presión de los accionistas (desesperados no sólo por su comportamiento, sino también por su peculiar gestión que aún no ha dado ni un sólo céntimo de beneficios) y de la sociedad en su conjunto, escandalizada porque alguien así pudiera representar una industria de futuro. A continuación recorremos su vida y obra, desde antes de fundar Uber, pasando por su cumbre y hundiéndonos en su polémico final.

Antes de Uber

Travis Kalanick es californiano de arriba a abajo, prototipo del americano medio con aspiraciones de lograr el ansiado sueño con que se identifica todo Estados Unidos, aunque en su ADN figura tanto ascendencia checa como austríaca.

Nacido en el seno de una familia numerosa (sus padres Donald y Bonnie tuvieron cuatro hijos) y acomodada (su madre era publicista y su padre ingeniero civil, ambos en Los Ángeles), Kalanick no tuvo impedimento en estudiar en la prestigiosa UCLA, donde se especializó en Ingeniería Informática.

Pero en 1998, cuando disfrutaba de las alegrías de su época universitaria, Kalanick y su amigo Dan Rodrigues decidieron abandonarlo todo por una idea. Se trató de Scour, un motor multimedia de investigación que, al mismo tiempo, contaba con un servicio de intercambio de archivos P2P. Esta tecnología, muy popular a principios de los 2000 y que fue popularizada luego por aplicaciones como eMule, permitía compartir archivos directamente entre los usuarios, sin intermediaciones. O, lo que es lo mismo: se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la piratería de contenidos online.

Quizás por no calcular las consecuencias que su plataforma podía tener en la industria musical, del software o audiovisual, Kalanick -uno de los primeros empleados de la firma- y sus socios fueron incapaces de reaccionar cuando todos los sectores afectados denunciaron a Scour por infracciones contra la propiedad intelectual. No tardarían en acabar con el primer sueño de Travis: en septiembre del 2000, Scour se declara en quiebra.Travis_Kalanick

Frustrado por haber sido vencido por la industria tradicional, Kalanick apenas tardó un año en fundar -junto a sus ingenieros de Scour, una nueva plataforma de intercambio de archivos. En esta ocasión, además, fue especialmente dirigida a compartir música y vídeo. Una declaración de guerra que llevó por nombre Red Swoosh y que, sorprendentemente, logró sobrevivir sin grandes sobresaltos hasta que en 2007 fue adquirida por Akamai por algo menos de 20 millones de dólares.

Fue un éxito relativo para Travis Kalanick, considerado ya de aquella por sus compañeros como un visionario con muy mal genio y unos modales que disgustaban a gran parte de la plantilla. Pese a que su fama de tirano le precedía, parecía que Kalanick conseguía poner patas arriba industrias muy convencionales y empoderar a los ciudadanos, lo que compensaba (o eso creía él) su falta de empatía y liderazgo emocional.

Despojado de la carga que suponía esta empresa a la que se ya le empezaban a ver las notas de un fracaso anunciado, Kalanick era ya millonario y estaba en busca de una nueva idea que le permitiera saborear las mieles del gran éxito con que aspiraba. Una idea que llegó en forma de UberCap, compañía fundada en 2009 junto a Garrett Camp (creador de StumbleUpon), y que pronto se convirtió en la gran estrella de un paradigma en pañales: el transporte colaborativo.

El brillo de Uber

Kalanick y Camp dieron vida a un sueño: crear una alternativa al sistema de taxis de San Francisco llamada UberCab. Una propuesta modesta, enfocada a un mercado muy local, pero que pronto alcanzó otras dimensiones.

Desde ese lanzamiento en 2010, la compañía no ha hecho más que diversificar los servicios que ofrecía a través de su app móvil, manteniendo siempre como nexo de unión la sencilla fórmula “llevar X de A a B”. Así, crearon Uber Lux para el transporte en automóviles de lujo, Uber Black para automóviles de gama media, UberX / UberPOP como competencia más directa al sector del taxi, e incluso mantienen un Uber Taxi para trabajar con taxistas con licencia.

¿Cómo puede Uber perder 2000 millones de dólares en 9 meses?

Consolidada la aplicación en cerca de 70 países y con millones de usuarios diarios, Travis Kalanick comenzó a pensar nuevas formas de mejorar la movilidad urbana y reducir costes tanto para los viajeros como, por supuesto, para su compañía. Surge así su decidida apuesta por el coche autónomo, con el que el visionario californiano quería deshacerse de los altos gastos que suponen los conductores de sus vehículos.

Tal llegó a ser su apuesta por este nuevo campo que el miembro del consejo de administración de Tesla y socio de la firma de capital riesgo Draper Fisher, Steve Jurvetson, explicó que sus planes eran al todo o nada:Travis me confirmó que, si en 2020 Tesla tiene vehículos autónomos a la venta, ellos querrán comprarlos todos. Si se fabrican 500.000 querría todos“.

Apuesta a futuro que, además, servía para tapar algunos de los hechos menos agradables en que estaba inmersa la compañía. Por ejemplo, que Uber haya registrado pérdidas año tras año desde su lanzamiento en 2009. O que haya sido denunciado en múltiples países del globo por violar las leyes de competencia y por rivalizar de forma desleal con los taxistas, especialmente en cuanto al pago de impuestos, las tasas oficiales o la captación de clientes.

Pese a ello, nada frenó la enorme burbuja en que se convirtió Uber, con una valoración que en marzo de 2017 rondaba los 70.000 millones de dólares. No es de extrañar que el bueno de Travis Kalanick lograra, en 2014, entrar en la lista Forbes de los 400 estadounidenses más ricos, en la posición 290, con una fortuna valorada en 6.000 millones de dólares.

La desgracia

Pero el villano seguía ahí, palpitando bajo su piel, curtida en mil y una apariciones públicas donde trataba de posicionarse como el gran visionario de la industria tecnológica. Y entre 2016 y 2017, todo el mito creado en torno a Travis Kalanick se desmoronó más rápido que un castillo de naipes cuando sopla algo de viento.

Todo comenzó de forma inesperada: Uber fue acusada de varios escándalos de acoso sexual que la dirección ocultó de forma sistemática. La presión social obligó a la dimisión forzada de un ingeniero de alto rango en la empresa. Posteriormente, Waymo (antigua división de coches autónomos de Google) denunció el robo por parte de Uber de 14.000 documentos con información secreta sobre su vehículo.

Pero la gota que colmó el vaso la protagonizó el propio villano: Kalanick fue grabado discutiendo y menospreciando a un conductor de su propia empresa, quien le acusaba de haberle arruinado con sus políticas de precios. Todavía más: se hizo público que la empresa espiaba a sus usuarios de iPhone.

Tras este tsunami de escándalos que le hubieran costado el puesto a cualquier directivo que no hubiera engendrado a la criatura -más teniendo en cuenta las pérdidas milmillonarias que acumula Uber mes tras mes desde que nació-, Kalanick reconoció sus errores y admitió que necesitaba ayuda para sacar adelante Uber.

Pero eso no sirvió para calmar los ánimos: un informe interno realizado por Eric Holder (antiguo fiscal general de EEUU durante la era Obama) recomendó a la junta directiva de Uber el despido de Travis Kalanick, expulsarle de su propia compañía. Un movimiento totalmente inevitable ante el tamaño del desastre y que se hizo en dos fases, en diferido, junto a una nueva denuncia de varios de sus principales inversores por fraude.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, La Razón, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016 y 2017.